Hay casos en que la serie es mejor que el libro

No siempre la máxima de que el libro es mejor que su adaptación al cine o la televisión es certera. Hay veces en que la narración es tan visual, tan cinematográfica, que el efecto en la pantalla es mucho  más satisfactorio que en las páginas. Es lo que ocurre con la saga Canción de Hielo y Fuego de George R.R. Martin, también conocida como Juego de Tronos, por el título de la primera novela. Debo confesar que sólo he leído la primera entrega, y que he visto las dos temporadas de la serie que emite HBO. También debo reconocer que no estoy muy convencido de leer la segunda. No es que el libro sea realmente malo. Está muy bien escrito, mantiene un buen ritmo y juega muy bien con la tensión de las situaciones. No es una obra maestra, pero como lectura de entretención funciona.

Sin embargo, se nota demasiado que Martin, antes que novelista, es un guionista con oficio. Maneja muy bien los escenarios grandilocuentes, los acercamientos intimantes y las escenas efectistas que tanto gustan al cine y la televisión norteamericana. Y el libro tiene demasiado de eso.  Tanto que al final, al terminarlo, queda la sensación de que vale más la pena ver la serie, y dejar el tiempo de lectura para otras obras.

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Reflexión acerca de la 2° carta del Teniente Mamiya a Tooru Okada

 

“La luz brilla durante un limitado y brevísimo espacio de tiempo en el acto de vivir. Quizás sólo unas decenas de segundos. Una vez se ha ido, si has fracasado en el intento de alcanzar la revelación que se te ofrecía, no tienes una segunda oportunidad. Y luego deberás pasar el resto de tus días dentro de una profunda soledad sin esperanza ni remordimiento. En este mundo del crepúsculo, la persona ya nunca podrá esperar nada. Lo único que poseerá serán los restos efímeros de lo que pudo haber sido.” (Murakami, 295)

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La palabra más poderosa

Los miedos más terribles que el ser humano puede sufrir son aquellos que se ocultan tras cosas aparentemente sencillas. Una mirada, un objeto, un lugar, cualquier cosa que salga de los parámetros de nuestra rutina nos puede parecer horripilante. En “El Golem” de Gustav Meyrink estos abundan y configuran el ritmo de la obra. Pero hay otros miedos más ocultos y antiguos, miedos ancestrales que portamos en nuestros genes, y son éstos los definen realmente el fondo del relato. Miedo al trueno, la nieve, la lluvia y a las manifestaciones poderosas de la naturaleza. Miedo a la esclavitud, a perder la propia voluntad. Miedo al olvido. Y, sobre todo, miedo a la posesión mágica del Nombre.

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Los versos que agradaron al Diablo

 

“Todo lo dan los dioses, lo infinito,

a los que quieren bien:

si de dichas y glorias, lo infinito;

si de penas, lo infinito también.”

La cita de estos versos es bien conocida, pues pertenecen a Goethe, quién los consigna en uno de sus diarios. Sin embargo el contexto en que los cito es el de la lectura de Doctor Faustus de Thomas Mann. De hecho es el propio demonio quien cita los versos del clásico alemán. Y más allá de los contrapuntos clásicos que hay entre ambas versiones de la leyenda faústica, y de todo lo que ésta implica en la vida de Goethe (y que, de algún modo, justifica la reflexión de estos versos), todos temas ampliamente discutidos, me interesa ponerlos en valor en el contexto de la propia obra de Mann con lo cual, intencionalmente, se desligan de la leyenda de Fausto, para tomar valor en sí mismos. Sigue leyendo

¿El existencialista?

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Cae de cajón que la lectura teórica desde la cual es posible leer “El extranjero” sin caer en las antojadizas fórmulas que suelen poblar el pensamiento literario es, obviamente, la existencialista. Es a través de este pensamiento que una visión sobre esta obra fluye de manera natural. Dicha filosofía se hace presente en la historia de un hombre que no tiene Dios, que desconoce, o más bien no le interesa, cualquier moral colectiva, un ser que es la medida de sí mismo y que, en definitiva, podría acercarse perfectamente al “superhombre” nietzschiano, sin embargo no es ni remotamente un superhombre, sino sólo uno más de los arrojados a la existencia. Sigue leyendo

Ni oriente ni occidente, sólo literatura.

No soy un visitante muy asiduo de la literatura contemporánea. Por lo general mis lecturas llegan, como mucho, hasta la primera mitad del siglo XX. Por lo tanto nunca estoy muy al tanto de cuáles son las nuevas corrientes, o qué autores están marcando pauta en los últimos años, pues salvo Eco, Pamuk, o Bolaño, como dije, no suelo leer literatura contemporánea. Sin embargo llevaba un tiempo escuchando de un autor que se repetía en blogs y publicaciones, incluso sonando como candidato al Novel: Haruki Murakami. Así que, movido por la curiosidad y por el placer estético que siempre me ha provocado la literatura oriental, decidí leer algo de él y encargué un libro para Navidad. Kafka en la orilla, pese al sugerente título, estuvo guardado más tiempo del que hubiese querido entre mis lecturas pendientes, pero al fin hace unas semanas emprendí el rito de abrirlo y leerlo. Y fue a raíz de esta obra que regresaron a mi memoria unas reflexiones que, de tan añejas, estaban olvidadas y, de tan olvidadas, parecían oxidadas.

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