Los caballos de Aquiles

Cuando vieron muerto a Patroclo

que era tan valeroso, y fuerte, y joven,
los caballos de Aquiles comenzaron a llorar;
sus naturalezas inmortales se indignaban
por esta obra de la muerte que contemplaban.
Sacudían sus cabezas y agitaban sus largas crines,
golpeaban la tierra con las patas, y lloraban
a Patroclo al que sentían inanimado – destruido –
una carne ahora mísera – su espíritu desaparecido –
indefenso – sin aliento –
devuelto desde la vida a la gran Nada.
Las lágrimas vio Zeus de los inmortales
caballos y apenóse. “En las bodas de Peleo”
dijo “no debí así irreflexivamente actuar;
¡mejor que no os hubiéramos dado caballos míos
desdichados! Qué buscabais allí abajo
entre la mísera humanidad que es juego del destino.
A vosotros que ni la muerte acecha, ni la vejez
efímeras desgracias os atormentan. En sus padecimientos
os mezclaron los humanos”.- Pero sus lágrimas
seguían derramando los dos nobles animales
por la desgracia sin fin de la muerte.

Konstantinos Kavafis, 1897.

Trad. Miguel Castillo Didier

Kavafis íntegro. Tajamar Editores, 2007. Santiago de Chile

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La Iliada

 

Quiero comenzar por el libro de libros, este lo recuerdo bien porque lo releo constantemente. Homero lo escribió todo. La literatura se ha dedicado, desde él en adelante, a realizar variaciones, indagaciones, expansiones, sustracciones y/o aclaraciones a los dos temas, que son a la vez los dos grandes temas de la humanidad, el conflicto del hombre en sus dos dimensiones, la colectiva y la individual. Toda gran novela es un conflicto del hombre, ya sea consigo mismo y/o con un “algo” superior a veces inexplicable, esto lo puede afrontar de manera individual, o como colectivo en cuanto humanidad o grupo humano. Tenemos a Odiseo, Dante, Don Quijote, Fausto, Raskolnikov, Stephen Dedalus, Gregorio Samsa, Mersault, etc. enfrentados individualmente a dichos conflictos que, a su vez, pueden ser de origen sobrenatural o humano. Así mismo, casi siempre el personaje debe emprender un viaje, real, espiritual, de madurez, etc. para, ya sea resolver ese problema, o caer ante el peso de las circunstancias de su existencia. Sigue leyendo

De la memoria

Recuerdo haber leído un cuento de Borges, creo que aparece en Ficciones, que trata de Funes, un tipo que guarda memoria de absolutamente todo, cada detalle de cada cosa, cada tono de cada sonido, cada matiz de cada olor. Por su profusa memoria construye un mundo infinito en su mente, un mundo que por vasto es un monstruo deforme e ilimitado. El ejercicio acá es buscar lo contrario, hacer presente la memoria real y palpable, la que se rompe y se fragmenta en episodios que muchas veces, rellenados por la imaginación, terminan siendo completamente distintos a los que ocurrieron en la realidad del tiempo y el espacio limitados a un pasado. Sin embargo, nosotros les damos nueva forma y los recordamos de manera inconexa, insolvente e imprecisa, le otorgamos una nueva realidad, intangible y, por lo mismo, infinita.
De la literatura, como de todos los recuerdos, queda la trama y las sensaciones producidas mientras se leía. La primera tiende a sintetizarse cada vez más a medida que pasa el tiempo, hasta olvidarse casi por completo si no hay re lectura. Las sensaciones permanecen, como los sonidos u olores de otros recuerdos, y a partir de éstas (que pueden haber sido provocadas por la misma lectura o por factores externos que en el tiempo se unifican a la misma) reconstruimos la trama con poca fidelidad para la obra real, pero con gran exactitud para la que permanece en nuestro yo.