Los caballos de Aquiles

Cuando vieron muerto a Patroclo

que era tan valeroso, y fuerte, y joven,
los caballos de Aquiles comenzaron a llorar;
sus naturalezas inmortales se indignaban
por esta obra de la muerte que contemplaban.
Sacudían sus cabezas y agitaban sus largas crines,
golpeaban la tierra con las patas, y lloraban
a Patroclo al que sentían inanimado – destruido –
una carne ahora mísera – su espíritu desaparecido –
indefenso – sin aliento –
devuelto desde la vida a la gran Nada.
Las lágrimas vio Zeus de los inmortales
caballos y apenóse. “En las bodas de Peleo”
dijo “no debí así irreflexivamente actuar;
¡mejor que no os hubiéramos dado caballos míos
desdichados! Qué buscabais allí abajo
entre la mísera humanidad que es juego del destino.
A vosotros que ni la muerte acecha, ni la vejez
efímeras desgracias os atormentan. En sus padecimientos
os mezclaron los humanos”.- Pero sus lágrimas
seguían derramando los dos nobles animales
por la desgracia sin fin de la muerte.

Konstantinos Kavafis, 1897.

Trad. Miguel Castillo Didier

Kavafis íntegro. Tajamar Editores, 2007. Santiago de Chile

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