¿Por qué tan rebelde?


Hiende el cielo, y cual águila trabando
del cabello al impío, el Ángel fuerte
le sacude: “-¡Tendrás que someterte!
Soy tu Ángel bueno, ¿sabes?, y lo mando.
Tienes que amar, de mofa vil sin sombra
al pobre, al necio, al malo, al contrahecho,
para que, al paso de Jesús, tu pecho
tienda de caridad brillante alfombra.
Tu corazón no gastes: en ofrenda,
dáselo a Dios: en él su fuego prenda,
¡sólo placer de encanto duradero!”
Y el Ángel, tan furioso como amante,
le castiga con puño de gigante.
Pero él responde sin cesar: “-¡No quiero!”
          Charles Baudelaire, “El Rebelde”
       El Rebelde parece ser una crítica ácida y directa a la iglesia. Podría ser, también, una directa fotografía a los medios de los que se vale la instauración de un poder político para doblegar a las masas. O tal vez podría ser la gran mano moralista de la sociedad dominando una conducta inapropiada. Podría ser eso y mucho más, podría criticar eso y mucho más. Sería, entonces, un gran martillo dispuesto a golpear la cabeza de millones de lectores, críticos, teóricos, etc. en su eterna búsqueda del saber artístico. No lo es, nada lo es, no es ni más ni menos que un poema. Como cualquier otro. ¿Dónde radica, entonces, su fuerza?, ¿Por qué parece inevitable esbozar una sonrisa al leer las dos últimas palabras?, es que ¿Alguien quiso decir algo?, ¿Un francés del siglo XIX quiso decir algo?. Sinceramente no lo creo, los buenos escritores escriben para sí mismos, pero son capaces de escribirse universalmente. Aquello que les molesta, y que exponen a modo de reflejarse en un espejo para su propio deleite ególatra, resulta ser la punta visible de un iceberg a punto de hundir el Titanic. Este es un problema que cruza transversalmente toda la creación humana, no sólo artística, sino también religiosa, social, política, etc. El problema de tener que cargar con el peso de la existencia de la humanidad, en otras palabras, el problema de ser humanos, de pensar y relacionarnos, de vivir y morir, de saber que somos piezas de dominó siempre a punto de caer y arrastrar a las otras piezas cercanas. Vaya, todo esto es bastante y muy conocido, conversado, discutido y jamás solucionado, demasiado colosal como para dedicarle un artículo que se supone quiero enfocar en El Rebelde. Pero me pareció pertinente partir de lo más general, aunque sea majadero. Porque si hacemos una lectura más ceñida El Rebelde no es otra cosa que el propio Baudelaire tratando de sobrevivir al hecho de ser Baudelaire. “¡No quiero!” es el grito de advertencia y hastío de alguien que se cree rebelde, relegado y golpeado, pero que no lo es tanto, pues es incapaz de dejar de ser Ángel; comparte la misma naturaleza de aquel que lo castiga y le es imposible deshacerse de eso. Es demasiado cobarde para alejarse del paraíso, del bienestar de ser un escritor con cartel de rebelde, pero que en el fondo no es más que un muñeco para la diversión de otros menos creativos. Escandaliza y reniega de los rituales, pero a él se le permite hacerlo por la necesidad social de tener un inadaptado que mate la rutina entre sus filas. Se niega a amar, pero es artículo de obsesión, chiche de moda, para todos los que se tapan la vista con lo que dice. Reniega de la felicidad, pero hace felices a quienes ven en él un maestro. O sea quiere ser rebelde y está condenado a serlo. Baudelaire no se sale de los márgenes de lo establecido, sino que baila con la vida aunque cree hacerlo con la muerte.
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