La condena de Madame Bovary

Cuando tenía trece años (o doce, da igual) intenté leer Madame Bovary, mi poco bagaje literario me hizo imposible terminarla, la abandoné cerca de la página ciento veinte y la consideré por años una novela aburrida y sobrevalorada. Aún hoy (muchos años después) las interminables descripciones llaman al sueño pero, sin duda, la mirada que se puede plantear frente a la novela es completamente distinta. Es que Madame Bovary exige un camino por la literatura, y, sobre todo, por la vida.
El gran tema del que trata la obra se oculta tras temas más recurrentes, pero no menos universales, como la rutina del matrimonio, los sueños inconclusos y el hastío de la vida. Pero más allá de éstos subyace una gran pregunta que, como en toda gran obra, no alcanza respuesta, ¿cuál es la búsqueda de la vida?, en definitiva ¿qué es la búsqueda?, y la novela reafirma algo que puede parecer hasta majadero: No interesa, lo importante es buscar algo, y mientras haya algo que buscar la vida tiene un mínimo sentido. La gracia está en que Flaubert es capaz de presentar los polos opuestos de dicha pregunta trascendental, dejando, sin embargo, la desesperanza cómo única salida.
Por un lado está Charles Bovary y su conformismo ante la vida. Charles no busca nada, no pretende nada más de lo que tiene, y la vida tranquila que lleva (con la que se siente imbécilmente pleno) lo hace caer en un sopor de felicidad. Y es en este personaje donde Flaubert toca el fondo del asunto, pues Charles se reduce a la conclusión de que la felicidad eterna no es más que un miserable estado de letargo, mi vida se estanca, pero no me importa (y no me doy cuenta) porque soy feliz. Esto produce en Charles un egoísmo radical, se preocupa de su mujer, pero no es capaz de ver más allá de su propia felicidad. O sea, se interesa en su mujer, pero sólo como objeto de su plenitud, lo que es comprensible por su crianza: nunca tuvo nada, nunca eligió nada, sólo a Emma. Ella para él es una posesión, lo único que realmente tiene en la vida, lo único por lo que realmente eligió, e incluso su hija no es para él más que una extensión de Emma, un producto de otro producto. Esto hace a Charles tan culpable como inocente del fin de Emma, culpable por egoísta, culpable por ciego, culpable por conformista y culpable por no tener más sentido su vida que el sentiste dueño de su mujer. Pero también inocente por ingenuo y, sobre todo, por haber sido criado por una madre sobreprotectora que decidió su vida, y que luego se extrapoló en su primera mujer.
A su vez Emma es todo lo contrario, su padre nunca se preocupó realmente de ella, hasta el punto de casarla con el primero que se la quiso llevar. Ella vivió siempre en un mundo lleno de fantasías juveniles, de ansias de vivir, y sobre todo en una eterna búsqueda de lo que, bajo sus conceptos, era la felicidad ideal. Pero esta búsqueda, era lo único que la mantenía viva, pues cuando más cerca estaba de la meta, su inconformismo, reflejado en su carácter, hacía que el “príncipe azul” que la llevaría a la felicidad la abandonara. Y es que Emma nunca quiso en realidad llegar a meta alguna, lo deseaba con toda su razón, pero nunca lo quiso con toda su alma. Para ella el mejor estado era siempre la búsqueda, quería conocer París, ansiaba conocer el mundo, pero luego de París y del mundo sabía que no había más y le aterraba esa certeza de que estaba destinada al inconformismo de buscar y ojalá nunca encontrar.
Esto es Madame Bovary: el sino cruel del ser humano. La búsqueda eterna, que es también el gran tema de toda la literatura. Quien no busca, como Charles, vive en una felicidad aparente, falsa, de la que tarde o temprano caerá inevitablemente y, por ser falsa, no le quedarán más que los insípidos recuerdos y los lacerantes remordimientos. Y quien busca, como Emma, está condenado a nunca encontrar, porque no existe eso a encontrar, y porque no se quiere llegar a fin alguno, el peor castigo es la plenitud, pues se conoce su falsedad, y ante esto hay un solo camino: la muerte. Emma se cansó de buscar, era demasiado débil y no pudo soportar el sufrimiento al que está condenada la humanidad, y ante eso adelantó su muerte, antes que la plenitud (lo que para ella era la muerte en vida) la convenza completamente. Este es el gran problema universal que plantea Flaubert en la obra: la felicidad aparente contra la que no existe.
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