El infierno del alma encerrada

En A puerta cerrada Jean Paul Sartre nos ofrece una visión del infierno que rompe con los conceptos tradicionales. Aquí no hay calderas hirvientes, llamas eternas o suelo de agujas, sólo hay una habitación con un decorado recargado y pasado de moda, y tres asientos. Lo único identificable a un infierno tradicional es el calor insoportable, que no hace otra cosa que desesperar a los condenados apurando el castigo.

La condena no es de dolor físico, sino del dolor realmente profundo, el dolor del alma, el dolor psicológico que no deja entrar la paz. El castigo en sí mismo consiste en lo que podríamos denominar un “reality show” eterno, donde tres perfectos desconocidos son encerrados por toda la eternidad, obligados no sólo a soportarse, sino también a cargar con sus culpas por siempre no pudiendo mirarse a la cara con sinceridad por sentirse sucios. El hecho de tener que compartir obligadamente lleva a la supresión de la soledad, del espacio propio, lo que genera, mezclado con la culpa y la vergüenza, el mayor conflicto. El primero en entrar a escena es Garcin, quien trabajaba en un periódico subversivo, pero por su cobardía terminó huyendo y abandonando la causa, llega como quien entra en un hotel, sin embargo pronto se ve perturbado por la presencia de Inés, una lesbiana, y luego por Estelle, una mujer frívola. Entre estos tres personajes tan diversos (lo único que guardan en común son sus culpas) era obvio que iba a estallar el conflicto, el cual se desencadena por el lado de Estelle, quien rompe el previo pacto de silencio para pedir un espejo a Garcin, como éste no le hace caso Inés le ofrece que se mire en sus ojos e intenta seducirla, sin embargo Estelle está interesada en Garcin. Este triángulo amoroso que desencadena el conflicto no es más que la excusa para presentar lo peor del ser humano: su egoísmo, y las continuas discusiones, sumadas a las visiones terrenales que van desapareciendo, lo cual lleva al terror de saberse realmente muerto, van decantando en una tensión en aumento, la cual termina con un Garcin zamarreando histérico la puerta pidiendo que se le apliquen los más terribles castigos físicos con tal de no seguir ahí. Cuando la puerta finalmente se abre nadie se decide a salir, Estelle pide a Garcin que echen a Inés, y éste responde que no, que por Inés se ha quedado, pues sólo ella conoce lo que es ser cobarde, sabe lo que es el mal, la vergüenza, el miedo, y que por eso, porque es de la misma raza que él se quedará para convencerla. Luego terminan por convencerse de su muerte, y la desesperanza del castigo de tener que estar siempre unidos los hace terminar golpeándose con un cortapapel.

Este particular infierno tiene mucho significado a partir del existencialismo de Sartre, especialmente si tomamos el infierno de A puerta cerrada como un infierno terrenal, o sea el planteamiento de la obra va por mostrar una realidad muy común, todo lo que ocurre en cuanto acciones y pensamientos ocurren diariamente en la vida de todo el mundo. Entonces el infierno no es otra cosa que la vida misma: las relaciones humanas son complejas y tormentosas, nos obligan a sacar lo peor de lo nuestro y, sin embargo, no podemos elegir, estamos eternamente “condenados” a depender de los demás, a no poder estar jamás solos y, por ende, a no estar jamás en paz. El ser humano está condenado a ser libre, está condenado a tener que elegir, y aún así lo único cierto en su existencia es que nunca podrá estar solo, puede elegir muchas cosas, pero no puede elegir con quien estar y, peor todavía, no puede elegir la soledad y la paz. Esto es lo que Sartre parece querer recalcar en la obra, la desesperanza existencialista, la condena humana, no existe el cielo sin el infierno ni el infierno sin el cielo, y ambos están en la tierra, presentes durante toda la existencia humana, pero por su condición en el ser humano siempre va a dominar el infierno.

Así empieza la obra: en el peor de los infiernos. Y así termina.
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