Ni oriente ni occidente, sólo literatura.

No soy un visitante muy asiduo de la literatura contemporánea. Por lo general mis lecturas llegan, como mucho, hasta la primera mitad del siglo XX. Por lo tanto nunca estoy muy al tanto de cuáles son las nuevas corrientes, o qué autores están marcando pauta en los últimos años, pues salvo Eco, Pamuk, o Bolaño, como dije, no suelo leer literatura contemporánea. Sin embargo llevaba un tiempo escuchando de un autor que se repetía en blogs y publicaciones, incluso sonando como candidato al Novel: Haruki Murakami. Así que, movido por la curiosidad y por el placer estético que siempre me ha provocado la literatura oriental, decidí leer algo de él y encargué un libro para Navidad. Kafka en la orilla, pese al sugerente título, estuvo guardado más tiempo del que hubiese querido entre mis lecturas pendientes, pero al fin hace unas semanas emprendí el rito de abrirlo y leerlo. Y fue a raíz de esta obra que regresaron a mi memoria unas reflexiones que, de tan añejas, estaban olvidadas y, de tan olvidadas, parecían oxidadas.

Entre las cosas que había leído sobre Murakami estaba que, entre muchos puristas (que especie más cargante esa, pero necesaria para la discusión) se le criticaba a Murakami el alejarse de los cánones (otra palabra maldita, pero divertida) de la “literatura Oriental” en general y “japonesa” en particular. Sinceramente en esta eterna discusión de escritorios siempre he tenido una sola postura. La identidad como tal, en literatura (y quién sabe si en la vida) no existe como ente comunitario. Es personal, a cada autor, y a cada libro. Entonces la diferencia que puede haber entre literatura hispanoamericana, europea, norteamericana, china, india, japonesa, etc. o, siendo menos localistas, entre literatura oriental y occidental, no se define más allá de los meros planteamientos estéticos.

 La temática es la misma y universal, el hombre enfrentado a entidades superiores, a sus pares, a la sociedad, a la naturaleza, etc. no son más que variaciones y reflejos de un mismo tema que se repite en toda la literatura: el ser humano enfrentado a su propia existencia, a su propio mito y al camino que debe emprender para reconocerse a sí mismo. Tal como dice Joseph Campbell en El héroe de las mil caras, las diferencias entre las mitologías de las diversas culturas no es más que formal y estética, pero mirando el fondo espeso de su poder significante, todas persiguen los mismos temas. Da lo mismo dónde busques, todas las culturas tienen (con las consabidas diferencias estéticas e, incluso, éticas) un ente creador y destructor (que puede ser uno o dos), una madre dadora de bienes, una catástrofe o diluvio, y un héroe o redentor que enseña el camino de la salvación. Y la literatura, como profundo reflejo del alma humana, no puede sino hacer eco de las inquietudes mitológicas que, a su vez, son reflejo de las inquietudes de nuestro inconsciente (como bien lo estudió Jung). Como bien dicen los Vedas “La verdad es una sola, cada sabio la nombra de manera distinta”

 Pero, a su vez, sería de ciegos negar que existen diferencias de forma entre las distintas culturas y sus literaturas. Existen, en cuanto planteamientos estéticos definidos por la cultura, las influencias, la crianza y la lectura, distintas formas de narrar y de acercarse a esas temáticas universales, y es esta manera formal la que define, no sólo los distintos estilos e identidades, sino que separa, como el trigo de la paja la buena y mala literatura.

 Y volvemos a Murakami criticado por alejarse de los cánones tradicionales de la literatura oriental. Después de concluir la lectura de Kafka en la orilla y hablando desde mi limitada ignorancia, puedo decir que me pareció la novela más profundamente oriental y japonesa que he leído. Con sus espectros de vivos dignos del Genji Monogatari, con el entrañable Nakata hablando con el señor Kawamura (un gato), con el samurai postmoderno que es Hoshino y, principalmente, con el desdén del tiempo y la contemplación de su paso como algo natural en la vida del hombre, pero sin importancia alguna para la vida espiritual y para ese gran espíritu que es la naturaleza. Pero también hay un desfile de personajes en busca de sí mismos, de su misión en la vida, partiendo por un niño que abandona su hogar perseguido por la maldición de Edipo. En fin, y para no enredarme, formalmente oriental y japonés; pero de temática absolutamente universal, y es la “forma” de acercarse a esa temática, lo que la hace una gran obra.

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