¿El existencialista?

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Cae de cajón que la lectura teórica desde la cual es posible leer “El extranjero” sin caer en las antojadizas fórmulas que suelen poblar el pensamiento literario es, obviamente, la existencialista. Es a través de este pensamiento que una visión sobre esta obra fluye de manera natural. Dicha filosofía se hace presente en la historia de un hombre que no tiene Dios, que desconoce, o más bien no le interesa, cualquier moral colectiva, un ser que es la medida de sí mismo y que, en definitiva, podría acercarse perfectamente al “superhombre” nietzschiano, sin embargo no es ni remotamente un superhombre, sino sólo uno más de los arrojados a la existencia.

Meursault es un hombre, nada más que un hombre. Nunca pretendió ser más, nunca pretendió nada en realidad, su vida es una seguidilla de actos instintivos, de acciones mecánicas, por las cuales no vale la pena meditar. Y hay que recalcar (sin miedo a exagerar) que esto no sólo lo hace un hombre existencialista, sino que lo erige como monumento del existencialismo en sí mismo. “…el hombre no es más que una serie de empresas, que es la suma, la organización, el conjunto de las relaciones que constituyen estas empresas.” (Sartre, 29), tal como afirma Sartre en “El existencialismo es un humanismo” Meursault era una serie de empresas, nada más que eso. Carecía de sentimientos profundos provocados por su alma, y lo poco que sentía era provocado por factores externos a él, y que nunca comprendía del todo: era deseo, como cuando estaba con Marie “… vino Marie, como habíamos convenido. La deseé mucho, porque llevaba un bonito vestido de rayas rojas y blancas y sandalias de cuero.”(Camus, 40), o bien frío o calor, todos más bien instintos que sentimientos en sí. Se muestra de inmediato como un hombre frío hasta el extremo, no es capaz de conmoverse ni siquiera con la muerte de su madre, nada le interesa realmente, todo es simplemente consecuencia de alguna causa y dicha consecuencia será causa en un futuro que tampoco le importa. Carece de naturaleza humana, pero es humano, juzga todo desde su propia subjetividad, que es en extremo objetiva ante sí mismo, pues juzga ante una moral individual de lo que le parece bien o mal, dejando absolutamente de lado los sentimientos (no le interesan), siendo dicha moral más bien instintiva y, por instinto busca más la comodidad que lo que podría ser bueno para la sociedad, como ejemplo de esto está que prefiere matar que volver por la playa calurosa cuando eso hubiera evitado un crimen que no le interesaba en lo más mínimo cometer “Pensé que me bastaba dar la vuelta y el incidente habría terminado. Pero toda una playa vibrante de sol se apretaba a mi espalda.”(Camus, 64).

Esta aparente amoralidad del personaje de Camus tiene su explicación en las palabras de Sartre “El hombre se hace, no está todo hecho desde el principio, se hace al elegir su moral, y la presión de las circunstancias es tal, que no puede dejar de elegir una.” (Sartre, 37).

No sabemos nada de la vida de Meursault antes de que comience el relato, sólo que vivió con su madre hasta que no pudo mantenerla y ambos se aburrieron el uno del otro, pero queda claro que de alguna forma u otra Meursault eligió la moral que le dictaba su subjetividad “no hay moral general” (Sartre, 25), eligió la que más le acomodaba a él, pues es esto último lo que rige su vida. Meursault es, por tanto, un hombre hecho, un hombre completo, pues es capaz de vivir sin creer en nada, capaz de elegir por sí mismo, sin ningún tipo de presión, ni siquiera la que le podrían dictar sus propios sentimientos, pues no los conoce. Pero es en tal extremo completo que está rodeado de una inmensa nada. Es completo al punto de no ser absolutamente nada, pues carece de los fragmentos que deberían completarlo paulatinamente y que le darían sentido real a su vida en la búsqueda. El hombre realmente completo, entonces, no tiene motivo alguno para vivir, pero tampoco los tiene para morir, lo que lo deja en una extraña latencia, una especie de limbo fuera y dentro de lo “humano” al mismo tiempo: “no hay naturaleza humana”(Sartre, 27)

Sin embargo la existencia completa de Meursault no es más que una ilusión, el personaje plano, el que podría haber sido el personaje protagonista más plano de la historia de la literatura, no es tal, pues en el ultimo tramo de su vida, en las últimas páginas de la novela, sufre un leve pero apoteósico cambio. Se da cuenta que le quedan fragmentos por recoger, que su vida no está del todo completa y se le hace inevitable sentir alegría ante el anhelo de vivir: “… era indultado. Lo difícil es que había que contener ese impulso de la sangre y del cuerpo que encendía mis ojos de una insensata alegría” (Camus, 121). Entonces el personaje duro, que parecía no tener sentimientos, que parecía no importarle ni la vida ni la muerte, era capaz de sentir alegría ante la posibilidad de seguir viviendo. Y más aún, también reconoce el miedo ante la muerte: “Le expliqué que no estaba desesperado. Solamente sentía miedo; era natural.” (Camus, 123). Y, como si con esto no fuera suficiente, este sentimiento luego sería seguido de un exabrupto, de una furia repentina, y el hombre que fue capaz de matar sin que le importara realmente, que fue capaz de enterrar a su madre sin dar ninguna muestra de dolor, perdía absolutamente el control. Lo pierde ante un cura, supuesto representante de Dios, lo que, además, hace que la furia de Meursault sea la furia de todos los existencialistas ante un Dios que no existe sino en la moral de hombres mediocres incapaces de elegir responsablemente.

Podemos, por tanto, argüir como conclusión que esta repentina aparición de los sentimientos en el momento de máxima aprensión, demuestra que ni siquiera para Camus el hombre podía ser completamente existencialista. No es posible un hombre que represente en sí todo lo que es el existencialismo. Incluso el más apático y existencialista de todos, aquel que no existe sino en la mente de un existencialista, no logra serlo por completo.

En definitiva “El Extranjero” es una novela que pone en práctica, en su personaje principal, la filosofía existencialista, pero este afán de llevar dicha filosofía hasta los últimos extremos, termina por hacer del personaje un ser débil, incapaz de cargar con el peso que la pluma del autor quiso poner sobre sus hombros, y termina en una desesperada petición de compañía, petición a la cual, seguramente, los sentimientos del mismo Camus se unieron: “Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, no me queda más que desear en el día de mi ejecución la presencia de muchos espectadores que me acojan con gritos de odio” (Camus, 129)

Bibligrafía

Camus, Albert. El extranjero, Madrid: Alianza, 1996.

Sartre, Jean Paul. El existencialismo es un humanismo, Buenos Aires: Sur, 1960.

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