La palabra más poderosa

Los miedos más terribles que el ser humano puede sufrir son aquellos que se ocultan tras cosas aparentemente sencillas. Una mirada, un objeto, un lugar, cualquier cosa que salga de los parámetros de nuestra rutina nos puede parecer horripilante. En “El Golem” de Gustav Meyrink estos abundan y configuran el ritmo de la obra. Pero hay otros miedos más ocultos y antiguos, miedos ancestrales que portamos en nuestros genes, y son éstos los definen realmente el fondo del relato. Miedo al trueno, la nieve, la lluvia y a las manifestaciones poderosas de la naturaleza. Miedo a la esclavitud, a perder la propia voluntad. Miedo al olvido. Y, sobre todo, miedo a la posesión mágica del Nombre.

El nombre, como individualizador de la persona, es la palabra que nos define. Quien nos conoce, y sabe nuestro nombre, puede evocar con él todo nuestro ser (o la parte de nuestro ser que conoce). Un amigo, por ejemplo, al recordar nuestro nombre, evoca la imagen que tiene de nosotros, la parte de nuestra identidad que le corresponde crear como “otro que  nos observa”, es más, si éste pronuncia nuestro nombre en presencia de otro amigo (que por ende conoce otra parte de nosotros), la evocación es aún más completa. Básicamente en estos principios se basa el poder mágico del nombre pues, ya que él nos contiene en cuanto palabra, es la misma palabra que nos define. Por lo tanto, si se sumaran todas las imágenes que nuestro nombre evoca, se llega a la definición más exacta de nuestro ser.

A grandes rasgos este es también el principio de la Cábala. Si Dios, en cuanto ser, infundió vida a su creatura de barro (el hombre) por medio de la palabra, poseer el verdadero nombre de Dios, nos bastará para, por medio de ésta palabra, evocar el Ser completo. La leyenda dice que en el barrio judío de Praga, un rabino logró dar con las complicadas y precisas fórmulas que revelaban el verdadero nombre de Dios. Creó entonces un muñeco de barro de tamaño humano al cual dio vida al pronunciar la palabra prohibida y ponerla escrita en un pergamino en su boca. Pero el muñeco no tenía voluntad ni consciencia de sí mismo, y sólo obedecía las órdenes que en el mismo pergamino se anotaran (que no pasaban de barrer la sinagoga o tañer las campanas a la hora de la oración). Sin embargo el muñeco, a fuerza de existir comenzó, poco a poco, a adquirir consciencia de sí mismo. Y cuando se dio cuenta de su realidad, enloqueció y huyó, cometiendo algunos horribles asesinatos. Nunca pudo ser hallado y, por lo tanto, la leyenda del Golem, que reaparece cada cierto tiempo en la judería, se mantiene viva.

Un hombre encuentra toma, por error, un sombrero que no es suyo. Trae un nombre escrito en la cinta interior: Athanasius Pernath. El hombre se duerme pensando en la piedra que parece una bola de grasa y sueña (¿o sueña despierto?). Pero más que un sueño es un tránsito, pues mientras duerme ES Athanasius Pernath, el maestro joyero del gueto. Es una noche, que son varios meses en la vida de Athanasius. Es él y es el Golem, su propio Golem, movido por fuerzas que no puede reconocer, insuflado de vida por el nombre en el sombrero.

Este es su viaje, la aventura a través de los infiernos para conocerse a sí mismo. Y debe hacerlo a través de la existencia de otro que ya fue. Y, al despertar, la confirmación final de la realidad de Athanasius Pernath, en su casa-mausoleo, donde el padre creador y la madre dadora de bienes existen aún y existirán por siempre, es la confirmación de su propia existencia y lugar en el universo. El poder del Nombre tiene eso: el de despertar la vida en lo inerte, el de despertar los seres a la existencia.

Y, por lo mismo nunca, en toda la obra, nos es dado conocer el nombre real del protagonista.

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